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Por qué las universidades producen desempleados transcript

Corsomania · @Corsomania

Published June 26, 202619:09147.8K views

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Todavía en los años 80s y quizás un poco antes, tener un título universitario era casi un pasaporte automático a la clase media. No te garantizaba ser millonario, pero sí aumentaba bastante tus posibilidades de conseguir un trabajo estable, comprar una casa, tener un vehículo y construir una vida relativamente predecible. En aquellos ayeres, la universidad era el ascensor social por excelencia. Hoy ese ascensor sigue existiendo, pero parece que lleva muchos años descompuesto. Miles de personas se suben

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Todavía en los años 80s y quizás un poco antes, tener un título universitario era casi un pasaporte automático a la clase media. No te garantizaba ser millonario, pero sí aumentaba bastante tus posibilidades de conseguir un trabajo estable, comprar una casa, tener un vehículo y construir una vida relativamente predecible. En aquellos ayeres, la universidad era el ascensor social por excelencia. Hoy ese ascensor sigue existiendo, pero parece que lleva muchos años descompuesto.

Miles de personas se suben esperando llegar más alto y terminan exactamente donde empezaron, solo que ahora con una deuda, varios años menos de juventud y un diploma colgado en la pared que sirve principalmente para convencer a tus familiares de que no desperdiciaste 5 años de tu vida, porque resulta que ya no basta con ser licenciado o ingeniero. Ahora compites contra cientos de personas que tienen exactamente el mismo título, las mismas expectativas y en muchos casos la misma expresión de preocupación cada vez que abren una página de empleos.

Así que hoy vamos a ver por qué las universidades producen cada vez más desempleados, subempleados y profesionistas que después de años de estudio terminan descubriendo que el mercado laboral tenía otros planes para ellos. Y de una vez te advierto, esto no es un discurso motivacional. Así que si vienes buscando frases inspiradoras sobre perseguir tus sueños, probablemente escogiste el video equivocado. Miren, para que una universidad ya sea público privada cambie una asignatura, actualice un programa o elimine una materia obsoleta, normalmente tiene que atravesar un proceso burocrático eterno.

Hay comités, reuniones, revisiones, aprobaciones, firmas, más reuniones y probablemente una reunión para decidir cuándo será la siguiente reunión. El problema es que todo eso suele tardar entre 3 y 5 años y cuando finalmente aprueban el cambio, todavía falta que una generación completa curse ese nuevo plan de estudios. Es decir, para cuando los primeros estudiantes se gradúan, el mundo ya volvió a cambiar. Un ejemplo bastante claro ocurrió con muchos estudiantes de marketing que ingresaron alrededor de 2012.

Durante buena parte de su carrera les enseñaron estrategias centradas en televisión, radio, prensa y otros medios tradicionales. Pero cuando se graduaron, el mercado ya estaba obsesionado con las redes sociales, la publicidad digital, el posicionamiento en buscadores y los algoritmos que deciden qué contenido ve cada persona. También las empresas ya estaban preguntando por campañas digitales, segmentación de audiencias, análisis de datos y gestión de plataformas que ni siquiera aparecían en algunos planes de estudio.

Y este problema no se limita al marketing. Ocurre en muchas áreas. La tecnología avanza, las empresas cambian, los procesos evolucionan y el mercado laboral se transforma a una velocidad que pues las universidades simplemente no pueden seguir. Al final miles de egresados salen convencidos de que están listos para competir solo para descubrir que fueron entrenados para resolver los problemas de hace 10 años. Y todo eso mientras las empresas están buscando a alguien que resuelva los de mañana.

En México existe un fenómeno cultural bastante curioso. Desde pequeños a muchos nos repitieron esa historia de que hay que ser profesionistas porque según obtener un título universitario es suficiente para garantizar una vida exitosa. Y claro, cuando llega el momento de elegir carrera, aparecen las recomendaciones de siempre: derechos, ecología, administración de empresas, contabilidad, comunicación, ingeniería industrial y algunas otras que llevan décadas encabezando las listas de inscripción.

No necesariamente porque sean las carreras que más necesite el mercado laboral, sino porque son las carreras que más alumnos atraen y donde hay más alumnos también hay más colegiaturas. El resultado es que cada año salen miles y miles de egresados con perfiles muy similares compitiendo por el mismo puesto. Y es aquí donde aparece el verdadero problema. Las universidades pueden aumentar el número de estudiantes prácticamente cada semestre, pero las vacantes no crecen a la misma velocidad porque el mercado laboral no funciona por solidaridad.

Imaginemos una ciudad de 1 millón de habitantes. Cada año egresan 100 psicólogos, pero el sistema de salud público y privado apenas tiene capacidad para absorber 200 nuevos profesionales. ¿Qué pasa con los otros 1300? Pues algunos terminan trabajando en recursos humanos, otros vendiendo seguros, otros atendiendo actividades que poco nada tiene que ver con su carrera y otros simplemente pasan a formar parte de la enorme fila de personas que siguen buscando una oportunidad.

Y lo peor es que el problema no desaparece al año siguiente, porque el psicólogo que se graduó hace 3 años y nunca encontró empleo sigue compitiendo, también el que se graduó hace dos y también el del año pasado. Y a todo eso súmenle los recién graduados que llegan convencidos de que ellos sí tendrán mejor suerte. Así que llega un punto donde el problema deja de ser individual y se vuelve matemático. No importa cuánto esfuerzo haga una persona si hay 10 candidatos para cada vacante.

Tampoco importa cuántos discursos motivacionales publiques en redes sociales. La realidad es que cuando la oferta de profesionistas supera ampliamente la demanda, los salarios bajan, las oportunidades escasean y los títulos empiezan a perder valor. Como decía al principio del video, hubo una época en la que tener un título universitario realmente te distinguía del resto. No porque el papel tuviera poderes mágicos, sino porque muy pocas personas lograban obtenerlo.

Antes entrar a la universidad era difícil, terminarla era aún más difícil y graduarse te colocaba automáticamente en un grupo relativamente pequeño de la población. Por eso el título funcionaba como señal bastante clara para los empleadores. Tener un título les decía que al menos en teoría eras una persona capaz de completar objetivos a largo plazo, seguir instrucciones y adquirir conocimientos especializados. Pero ese mundo ya no existe.

Con expansión masiva de la educación superior, las universidades públicas, las modalidades en línea, los créditos educativos y la enorme cantidad de instituciones que surgieron durante las últimas décadas, los títulos universitarios dejaron de ser escasos y cuando algo deja de ser escaso, también deja de ser especial. Hoy tener una licenciatura ya no te diferencia de la mayoría, simplemente te permite cumplir con el requisito mínimo para entrar al juego.

Por ejemplo, imaginemos una vacante para asistente administrativo que recibe 500 currículums. De esos 500 candidatos, 450 tienen de un título universitario. ¿Qué hace entonces el reclutador? pues deja de fijarse en el título porque ya lo da por hecho. Lo que empieza a importar son otras cosas como los idiomas, las certificaciones, la experiencia laboral, el manejo de software especializado, los contactos, los proyectos personales o cualquier característica que permita separar a una persona de las otras 449 que también llegaron con un diploma bajo el brazo.

Así que sí, el título sigue siendo importante en muchas profesiones. El problema es que ya no funciona como una llave que abre puertas automáticamente. Ahora funciona más como el código de vestimenta del lugar. Si no lo tienes, probablemente no te dejan entrar, pero tenerlo tampoco significa que te vayan a dar la mejor mesa. Existe una idea bastante popular de que el mercado laboral es una especie de competencia académica gigante donde la persona más inteligente, más preparada y con mejores calificaciones termina ganando.

Pero no, el mercado laboral no es un concurso de méritos, es un mercado. Y como cualquier mercado, funciona con percepción de valor, persuasión, negociación y comunicación. La universidad puede convertirte en un excelente técnico, licenciado, contador, arquitecto o ingeniero. Puede enseñarte fórmulas, procedimientos, metodologías y teoría durante años, pero rara vez te enseña cómo convencer a alguien de que todo ese conocimiento vale dinero y esa diferencia es mucho más importante de lo que parece, porque puedes saber muchísimo de tu área y aún así fracasar al momento de vender tu trabajo.

También puedes salir de la universidad sabiendo resolver problemas complejos, pero cuando te toca redactar un currículum, terminas llamándolo con las mismas frases genéricas que aparecen en otros 342 currículums. Trabajo en equipo, proactivo, responsable, aprendo rápido y el clásico, mi defecto es ser perfeccionista, que ya nadie cree desde hace años, pero bueno, ahí lo ponen. Después llegas a una entrevista y te pregunta cuánto quieres ganar y ahí ocurre algo bien curioso, porque después de pasar cu o c años estudiando una carrera, muchas personas descubren que no tienen la menor idea de cuánto vale su trabajo en el mercado.

Algunos piden cantidades absurdamente bajas por miedo a perder una oportunidad y otros aceptan cualquier oferta porque creen que primero deben demostrar su valor. Y cuando años después intentan solicitar un aumento, tampoco saben cómo justificarlo con resultados, métricas o datos concretos, porque nadie les enseñó a negociar, nadie les enseñó a comunicar su valor. Y esto es algo que he visto incluso entre antiguos compañeros de universidad, porque he conocido personas que obtenían mejores calificaciones que yo, incluso también eran más disciplinadas y probablemente sabían más que yo en muchos temas.

Sin embargo, actualmente algunas de ellas ganan menos dinero y no porque sean menos capaces, sino porque el mercado no siempre recompensa al que más sabe, muchas veces recompensa al que mejor sabe demostrar lo que sabe. Puede sonar injusto, pero así funciona. Y por incómodo que resulte admitirlo, el sueldo que recibe una persona no siempre refleja lo que sabe, muchas veces refleja lo bien que logró convencer a alguien de lo que sabe.

Creo que estuvo muy rebuscado lo que quise decir, pero espero me hayan entendido. Una gran parte de los trabajos mejor remunerados, al menos en México, exigen un nivel de inglés funcional. No necesariamente para hablar como actor de Hollywood, pero sí lo suficiente para leer documentación, asistir a reuniones, comunicarse con clientes o trabajar con equipos internacionales. Y además del inglés, cada vez son más comunes los empleos que piden dominar herramientas digitales como Excel avanzado, análisis de datos, Power B. sistema CRM o ERP, automatización de procesos y otras habilidades similares.

El problema es que muchas universidades parecen actuar como si nada de eso fuera prioritario. El inglés suele aparecer como una materia secundaria, 2 horas a la semana, con programas que avanzan lento que algunos estudiantes pasan años estudiándolos sin poder sostener una conversación sencilla al graduarse. Y en cuanto a herramientas digitales, no son pocas las carreras que siguen dedicando más tiempo a enseñar teoría que a desarrollar competencias que realmente se utilizan en las empresas.

En algunos casos, los alumnos salen dominando PowerPoint y funciones básicas de Excel, lo cual habría sido impresionantes si todavía viviéramos en 1995. Lo cruel es que el mercado laboral no tiene ninguna obligación de adaptarse a las deficiencias del sistema educativo. Y cuando llega el momento de la entrevista, el título universitario deja de ser el protagonista porque el reclutador ya da por hecho que tienes uno. Lo que quieres saber es si puedes aportar algo más.

O sea, pasas 4 o 5 años preparándote para el mercado laboral, solo para descubrir que algunas de las habilidades que más valor tienen en el mercado las tuviste que aprender por tu cuenta. Y ahí es cuando muchos les cae el 20 de que estuvieron años preparándose para probar materias, mientras el mercado laboral estaba evaluando algo completamente diferente. Esto probablemente suene un poco antisistema, pero no lo digo porque pues crea que todos deban convertirse en empresarios multimillonarios.

Y es más porque objetivamente la universidad está diseñada para formar empleados. Desde el primer día, te acostumbras a cumplir horarios, seguir instrucciones, entregar tareas, responder a una autoridad y esperar que alguien más evalúe tu desempeño. Y ojo, no estoy diciendo que eso sea malo. El problema aparece cuando ese modelo se convierte en prácticamente la única forma de pensar que desarrolla una persona durante años.

Pocas universidades enseñan seriamente cómo conseguir clientes, cómo vender un servicio profesional, cómo cobrar correctamente, cómo administrar un negocio pequeño, cómo calcular impuestos trabajando por tu cuenta o cómo construir una fuente de ingresos independiente. La consecuencia es que muchos egresados desarrollan una mentalidad muy específica. Necesito que alguien me contrate y cuando nadie los contrata, simplemente no saben qué hacer después.

Es como si durante años les hubieran enseñado a abrir puertas, pero nunca construir una. Y me acuerdo de un caso de un amiguito de hace años que en su momento pasó meses buscando empleo y según él llegó a enviar más de 300 currículums a distintas empresas, pero pues esas 300 veces escuchó el silencio, incluso pagó para que le mejoraran su currículum a ver si eso cambiaba algo, pero pues no cambió nada. Entonces ahí el problema ya no era el formato del documento.

El problema es que estaba compitiendo en un mercado saturado junto con cientos de personas que estaban haciendo exactamente lo mismo. Así que mi amiguito desesperado comenzó a ofrecer sus servicios por su cuenta y ahí descubrió otro problema. no sabía cuánto cobrar, no sabía cómo conseguir clientes, no sabía cómo promocionarse, no sabía cómo administrar sus finanzas, no sabía cómo trabajar de manera independiente. Y bueno, en resumen, después de años de educación formal, descubrió que no sabía cómo sobrevivir sin que una empresa le diera permiso primero.

Afortunadamente, consiguió un empleo temporal, ahorró dinero, eh sí tomó sus cursos por su cuenta y empezó a aprender todas esas habilidades que nadie le enseñó. 6 meses después consiguió su primer cliente, algo que jamás aprendió dentro de un salón de clases y esto ocurrió hace varios años. El día de hoy pues no, no es millonario, no aparece en revistas de negocios ni tampoco tiene un Lamborghini, pero tiene algo que muchos consideran cada vez más difícil de conseguir, una casa de interés social pagada.

Y sí, probablemente habrá quien se burle porque pues es una casa de interés social, pero algunos de sus antiguos compañeros siguen esperando que el mercado laboral les permita comprar una casita, aunque sea de interés social porque no les alcanza. Ahora, uno de los mayores choques que experimentan muchos egresados ocurre cuando descubren que el mercado laboral no funciona como la universidad. Durante años te enseñan que el objetivo es estudiar, memorizar información, responder correctamente un examen y obtener una buena calificación.

Pero el mercado laboral tiene reglas completamente diferentes. Las empresas no te pagan por saber cosas, te pagan por resolver problemas y por los resultados que eres capaz de generar. Porque en el mundo real hay clientes molestos, ventas que no se concretan, proyectos retrasados, máquinas averiadas, errores operativos, procesos ineficientes, equipos de trabajo conflictivos, fechas límite imposibles. Básicamente, el trabajo te exige resolver situaciones para las que nadie tiene la respuesta completa.

Por ejemplo, un ingeniero civil recién graduado puede calcular una viga perfectamente en un examen. puede conocer fórmulas, normas y procedimientos con una precisión admirable. Pero cuando llega a una obra real, descubre que el terreno no se comporta como en el libro, que los materiales llegan tarde, que los costos cambian, que los proveedores incumplen, que los trabajadores interpretan algo diferente a lo que indican los planos y que el cliente decide modificar el proyecto cuando ya está a la mitad.

De repente el problema ya no solo consiste en calcular correctamente, consiste en evitar que todo se convierta en un desastre. Y eso ocurre prácticamente en todas las profesiones, porque durante años las universidades evalúan cuánto recuerdas, mientras que el mercado laboral evalúa cuánto resuelves. Y eso son dos cosas muy diferentes. Hay algo que siempre me llama la atención de la publicidad de muchas universidades, bootcamps y centros de capacitación.

Seguramente han visto anuncios que dicen cosas como, "El 95% de nuestros egresados consigue empleo, nuestros estudiantes trabajan antes de 6 meses, alta tasa de inserción laboral. Y cuando lees esas cifras, todo parece espectacular, pero no todo cuadra. Porque no es lo mismo decir que alguien encontró empleo de lo que estudió a solo decir que alguien consiguió empleo nada más. Por ejemplo, imaginemos una generación de 100 egresados.

Si 95 de ellos tienen algún tipo de empleo, la institución puede presumir una empleabilidad del 95%. Y técnicamente no estaría mintiendo, pero dentro de ese grupo también puede haber personas trabajando en áreas totalmente ajenas a sus estudios. También puede haber personas en empleos temporales o en trabajos con salarios bajos o puestos donde el título nunca fue realmente necesario. La estadística sigue siendo correcta, pero la percepción que genera no necesariamente.

Y aquí es donde entra el marketing, porque una cifra redonda siempre suena mejor que una explicación compleja. Decir 95% de empleabilidad ocupa una línea en un anuncio, pero explicar la calidad de esos empleos requeriría una conversación mucho más larga. Lo cruel es que las estadísticas suelen contar a todos por igual. El profesionista que consiguió una excelente oportunidad y el profesionista que aceptó cualquier empleo porque llevaba meses enviando currículum sin recibir respuesta, ambos aparecen dentro del mismo porcentaje.

Por eso, cuando una institución presume tasas de empleabilidad extraordinarias, la pregunta importante no es cuántos encontraron trabajo, la pregunta importante es qué clase de trabajo encontraron. Porque conseguir empleo puede ser un logro, pero utilizar ese dato para insinuar que a todos los que estudian con ellos les va bien es una historia completamente distinta. Miren, la universidad no es una estafa porque sí te aporta conocimientos, sí puede abrirte algunas puertas y sí sigue siendo necesaria para muchas profesiones.

Lo que no puede darte es experiencia, clientes, contactos, habilidades de negociación, dominio de idiomas, capacidad de adaptación o empleo automático. Eso te toca construirlo a ti. Por eso, si estás estudiando actualmente, estudia con los ojos abiertos. Haz prácticas lo antes posible. Aprende un idioma adicional por tu cuenta, de preferencia el inglés. Domina algún software que tenga demanda en tu industria. Construye un portafolio.

Conoce personas. Aprende a comunicar tu valor y baja un poco tus expectativas. Porque en muchos casos la verdadera educación profesional comienza exactamente el día que sales de la universidad. Yo soy Corso y recuerda que si después de 5 años de carrera tu mejor habilidad sigue siendo memorizar diapositivas para un examen, probablemente el mercado laboral te va a tratar con la misma ternura con la que un tiburón trata una foca herida.

Adiós.

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